CAPITULO 1

La familia de Alicia era una familia sencilla, un hogar que lo conformaban cuatro personas, Don Alberto, Doña Julia y sus dos hijos. Don Alberto trabajaba en un hospital todo el día como archivador de historias clínicas y también hacía turnos de recepcionista; con esto y lo que ganaba su esposa arreglando ropa en las tardes y noches, lograron adaptarse al duro mundo económico y también así, sus dos hijos lograron educación en buenos colegios.

-¡Alicia!- Lamó su madre, algo desesperada – ¿Dónde estás metida? Santo Dios…-

Alicia que se encontraba en su cuarto escondiéndose de los deberes y andaba extasiada leyendo Doce cuentos Peregrinos de Gabriel García Márquez, esperó al segundo llamado.

- ¡Alicia! ¿Podrías dignarte si quiera a responderme?.

– ¡Señora!- respondió rápidamente la muchachita, como deseando no dejar la lectura entrecortada. En esas su madre abrió la puerta y al verla, preguntó capciosamente - ¿Qué haces? te he buscado por toda la casa-.

-Es que estaba leyendo un libro, muy interesante, ahora voy en la historia en la que una chica sufre una avería con su carro y al no ver ayuda de ningún camión por la deshabitada vía, acepta subir al único bus que le hace una parada, para que la acerque a un teléfono, del afán olvida sus llaves; pero imagínate, mami, que el bus lleva unas locas, el conductor las lleva al hospital y como la chica sólo se da cuenta de esa circunstancia al llegar al hospital, baja con ellas; y los del sanatorio, la encierran también a ella, declarándola como agitada y con una rara obsesión al teléfono; y...-

- Bueno, ya para, está buena la historia, pero, ¿por qué más bien Alicia, te preocupas en ayudarme y dejas de leer?, hay que hacer el aseo de la casa; y yo no he terminado el almuerzo-
Alicia se quedó callada y después que dejó el libro en la mesita de noche, empezó a organizar su cuarto y cogió la escoba para barrer la casa. Era cierto, quedaría más tiempo en la tarde para leer; y ahora podría ayudarle a su madre. Las vacaciones del colegio deberían hacerla sentir más servil.

Alicia era un chica de estatura media, delgadísima, con bonitas piernas, y los ojos y el cabello castaños, físicamente bonita, pero no sería una modelo nunca, se consideraba a sí misma una chica normal. Su hermano salió más alto, con cuerpo de atleta y los ojos claros. Alicia y Santiago, tenían la piel igual; de un color extraño que parecía entre blanco y dorado, una mezcla tonal muy hermosa. Los chicos pasaron una hermosa infancia juntos, pero ahora en la adolescencia todo se estaba complicando demasiado.

La chica continuaba la labor… - ¿Qué es esto?- Se preguntó Alicia al encontrar barriendo debajo de la cama de su hermano un papel rosa con pequeñas letras curiosas. Un papel que decía:

“Como quieras pequeño Santi, si así lo prefieres está mejor, nos veremos en mi casa el viernes a las 5 pm.; y te enseñaré algo que ninguna otra mujer en tu vida te ha podido mostrar. Te aseguro que no habrá ningún compromiso sólo eres el amor de mis sueños lujuriosos. Lina.”

La nota había herido su moral. Alicia estaba con la boca abierta tratando de superar el shock; y pensó que eso que acababa de leer era la peor obscenidad de todas, no tenía derecho a tener un hermano tan asqueroso, ni a leer si quiera un papel tan horrible. Se mordió los labios dispuesta a ir a contarle a su madre lo que había encontrado, pero se detuvo un poco antes porque pensó que era mejor no causarle tantos dolores, al fin de cuentas era un hombre y quizá si la nota llegara a manos del padre, porque su madre no era quien implantaba castigos en casa, no habría ningún problema, muy en el fondo su padre se sentiría feliz con una prueba que confirmara la hombría del primogénito. Era mejor dejarlo así, sólo decidió dejar la nota en el mismo lugar.

Cuando Santiago llegó a la casa desde la universidad para el almuerzo, estaban sentadas esperándolo su madre y Alicia, al entrar saludó de un beso a Doña Julia y cuando pasó junto a Alicia le acarició dulcemente la quijada y le dijo: - Hola escuincla -, ella rechazó enérgicamente la caricia y sacó de su alma un: - ¿Podrías llamarme por mi nombre? –

- ¿Cómo? ¿Así de ariscas son todas las mujeres? ¿Qué te pasa, te acaricié y te pones brava?, eres una escuincla, apenas tienes 14, en eso no hay discusión - se expresó Santiago

- Y tú 18, ¡por favor!, apenas termino de ponerles los pañales y de quitarles el biberón a ambos, ¡basta! no quiero que peleen en la mesa nunca más, agradezcan sus alimentos a Dios y comamos tranquilos chiquitos. Y si no pueden comer el alimento que hace falta en tantos sitios, sin remordimientos el uno con el otro, prefiero que se mueran de hambre a que se llenen de odio los corazones -, replicó Mamá, alentando el ambiente, cómo sólo ella lo sabía hacer.